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La tercera persona

Hoy experimenté algo que espero llegar
a comprender en los próximos días.
Jørgen Leth

Renunció. Nadie lo sabe todavía, pero renunció en el momento justo en que cruzó la puerta hacia la calle para fumar. Era medio día y hacía frío aunque el sol se reflejara innumerables veces en los ventanales y los parabrisas. Encendió un cigarro con la certeza de mandar todo al diablo y no volver jamás a ese edificio inteligente, libre de humo, puertas de seguridad, orden y limpieza estricta. El clima lo impulsó a caminar haría más de dos horas a pie a casa pero ya no tenía prisa. Que se joda la escritora, pensó mientras atravesaba la avenida. Ella, su jefa, sólo se limitaba a dar instrucciones, a plantear situaciones cada vez más absurdas para la trama de una historia que sólo obedecía a la lógica del raiting. que al final él tenía que resolver y escribir para ella.
A cuatro calles de su oficina decidió comprar una botella de ginebra en cuanto fuera posible, la liquidación perfecta para tres años de trabajo como guionista de telenovelas.

A medida que se alejaba de la oficina el ritmo de sus pasos cambió. De pasar a caminar con prisa comenzó a andar como un turista. Hubiera preferido atravesar calles menos anodinas. Imaginó un paisaje lleno de árboles, calles empedradas y edificios coloniales en vez de aquella enorme plancha de concreto aburrida e interminable.
Se detuvo frente a una librería al ver en el escaparate la novela de un autor japonés, recomendación que escuchó en un programa de radio. Entró y compró el libro pensando que un poco de lectura no le vendría mal para pasar el tiempo durante los próximos días. Pocos minutos después prosiguió su caminata con el libro bajo el brazo.
Hacía mucho que no se daba tiempo para leer y recordó sus viejas ambiciones literarias de convertirse en novelista, sus ganas de escribir relatos policiacos, de explorar la noche y sus personajes; pasión que el trabajo cotidiano como guionista para televisión le había minado poco a poco hasta convertirla en uno de esos planes a largo plazo que rara vez llegan a realizarse. Se limitaba a escribir de manera esporádica cuentos, que esperaban a ser corregidos y publicados algún día. También pensó en ella. Fue inevitable recordar a la mujer que llegó de pronto, quién sabe de dónde, a complicar su existencia. La misma que una noche le pidió que la convirtiera en personaje de uno de sus cuentos. Y lo cumplió. Escribió la historia pero ella no alcanzó a leerla, lo abandonó poco tiempo después, seguramente para complicarle la vida a alguien más.

El frío de noviembre, el cansancio y sus pensamientos lo hicieron sentirse irreal. Siempre había sido responsable, y el día de hoy abandonó el trabajo sin dar explicaciones. Era como si alguien decidiera por él, como si esa mañana una presencia superior hubiera fijado una cámara de cine en su persona y dirigiera no sólo sus acciones, sino también su pensamiento.
Entró a un autoservicio a comprar la botella de Beefeater, mientras andaba por los pasillos se preguntó qué más le tenía preparado el azar o el destino para el resto del día.

Estaba agotado, la caminata le dejó un dolor de piernas que hacía mucho no experimentaba. Se tendió en la cama sin zapatos, encendió un cigarro y tomó el libro recién comprado. El título era prometedor. Comenzó a leer con la sensación de que todo estaba en orden por primera vez en mucho tiempo: la ginebra, en el refrigerador; las cuatro y quince de la tarde, en el reloj; la cajetilla de cigarros recién abierta, en el buró; la ciudad en movimiento, expandiéndose en todas direcciones, y él, en su departamento, abrigado en la cama.
Leyó un par de capítulos y volvió a mirar la portada del libro con una mueca de fastidio. Farsantes, pensó, ahora todos escriben en presente y primera persona. Arrojó el libro a los pies de la cama. Cerró los ojos. Es una trampa, pensó, cualquiera inventa y se justifica cuando se narra en primera persona. Al poco tiempo se quedó dormido.

Soñó primero la voz de una mujer, luego con su cuerpo. Sintió su aliento en el oído y la suavidad de sus pechos contra el suyo. Ella, la chica del cuento, lo miraba detenidamente mientras le desabotonaba la camisa, y una vez desnudos, le preguntó: ¿cuántas veces cabe tu boca en mi cuello?
Despertó desconcertado por la erección y un sentimiento de tristeza. Permaneció algunos minutos más en cama, tiempo suficiente para que el reloj marcara las ocho y media de la noche. Encendió un cigarro y se sentó frente a la computadora.

Tenía la sensación de que algo lo había cambiado durante el sueño, como si los acontecimientos del día fueran presagios de algo a punto de suceder y sintió el impulso de escribirlo. Encendió la radio y el mismo locutor pseudointelectual que había recomendado la novela del japonés anunció una canción de Radiohead. Le pareció una broma de mal gusto escuchar justo en ese momento la voz monótona y distorsionada de Thom Yorke cantando: After years of waiting nothing came, and you realize you’re looking in the wrong place.

No escribió. En vez de eso visitó una página de internet que frecuentaba a menudo desde la oficina durante los ratos libres. Solía fantasear con las mujeres que se anunciaban ahí. Nunca lo había intentado y decidió que un trago de ginebra y la compañía de una bella mujer que no pide nada a cambio, más que unos cuantos billetes, sería una buena manera de terminar el día. Su primera opción, una finlandesa, resultó demasiado cara, aún para un hombre dispuesto a mandar todo al carajo. La segunda, una rubia argentina, quedó descartada después de escuchar su voz, aburrida y secretarial, al teléfono. Se decidió finalmente por una morena venezolana, chica de voz juguetona que prometió llegar a su domicilio en una hora. Caliente y a tiempo como una pizza.

Bajo el chorro de agua caliente de la regadera se sintió extraño al prepararse para tener sexo con una desconocida. Se rasuró y sonrió en el espejo, definitivamente no haría el amor, y coger era una palabra que contenía cierta dosis de pasión, incluso violencia. Todo, finalmente, era una transacción: tener sexo con una puta, retirar dinero del cajero, poner sobre el escritorio de su jefa un capítulo más de sus historia de amor.

En la cocina, vestido en boxers y playera, agitó suavemente un contenedor de aluminio en cuyo interior había ginebra y dos cubos de hielo. Todo tiene un ritmo, pensó al servir el líquido helado en una copa de martini, lamentó no tener aceitunas en la alacena. Imaginó sin saber por qué, que la venezolana llegaría vestida únicamente con gabardina negra y tacones, que al entrar al departamento le preguntaría: “¿Cuántas veces cabe tu boca en mi cuello?”, y en cuánto diera la respuesta equivocada, ella le apuntaría con un arma, y, ¡pum!, acertaría un tiro directo al corazón. Regresó a la estancia, puso música y se sentó a disfrutar de la ginebra y el sonido cadencioso de bajo y saxofón.

Todo tiene un ritmo único e irrepetible, pensó nuevamente. En ocasiones dos o más individuos empatan y juntos pueden crear una melodía, un orden armónico. Como músicos de jazz que improvisan, se tocan igual que amantes, se detienen, empiezan una vez más, aceleran, estallan. Encendió un cigarro y suspiró. Pero se debe ser fiel a tu propio ritmo, no puedes esforzarte más allá de tus límites, de lo contrario la melodía se tornará en una cacofonía insoportable. Hay que saber detenerse, si la cadencia de los acontecimientos así lo pide. Intentó responderse a sí mismo cual era su ritmo actual, si estaba acelerando las cosas o las detenía. La sensación era la de ser un instrumento ajeno a las vibraciones que emitía, controlado por algo que iba más allá de su comprensión.
Le pareció absurdo tener estos pensamientos ahora, él que durante semanas se encontró sumido en una total falta de imaginación, incapaz de resolver las situaciones que su trabajo exigía. Recordó el correo electrónico de su jefa esta mañana, una sentencia simple para la que fue incapaz de encontrar una solución: “Haz que Eduardo recupere el amor de Abigail, los quiero juntos y enamorados otra vez para mañana en la noche”. Aplastó el cigarro en el cenicero. Después de meses de complicaciones, de la intervención de un simpático y peligroso narcotraficante, de que Abigail se enamorara de su mejor amigo, de un intento de suicidio y otro de asesinato, la escritora quiere juntos a estos dos personajes otra vez. ¡Que se joda!, murmuró, se levantó por otro trago con la vaga idea de vender su departamento, sus pertenencias, y marcharse de esta ciudad cada vez más desquiciada.

La chica llegó a la mitad del tercer trago. En vez de gabardina y tacones, llevaba jeans, playera pegada a sus grandes pechos y tenis. Nada glamoroso comparado con las fotos del sitio en internet, pero era bonita, baja de estatura y de buena figura. Le ofreció una bebida que, por supuesto, rechazó. Eres más bonita que en las fotos, mintió, y se dirigieron a la recámara. Después de pagarle su servicio, comenzó a acariciarla y quiso desvestirla. Una vez desnudos, se tendió en la cama y encendió un cigarro mientras ella se la mamaba. Era buena con la boca y con las manos. Una vez que la tuvo bien dura, le puso un condón. La morena comenzó a cabalgarlo y él acarició sus pechos duros, hermosos a la vista, pero demasiado falsos al tacto. Falsos como la telenovela, su empleo, sus martinis, y el libro del japonés. La tomó con fuerza de la cadera y se entregó al movimiento.
Si realmente había una cámara instalada en su existencia por ese día, sería mejor demostrarles a los mirones que al menos era bueno en el sexo.
-¡Háblame!- pidió entre gemidos exagerados.
-¿Qué quieres que te diga, Papi?- Respondió la chica con voz mimosa y entrecortada, con estilo por demás ensayado.
-Lo que sea, dime lo que quieras, pero háblame.
La venezolana sabía qué hacer, se esforzaba en realizar bien su trabajo en el menor tiempo posible. Vente, Papi, quiero sentirte. Él cerró los ojos después de mirar el reloj.

Ahora va por el sexto trago, es de madrugada y el departamento está en silencio.
Lo que debió ser una hora de servicio duró sólo 40 minutos. Está fumando en el sillón. Hay un momento durante la madrugada en que todo está en silencio, piensa y da un sorbo más a la ginebra helada; un instante en el que todo parece quedar suspendido: ningún automóvil atraviesa la avenida, los perros en las azoteas dejan de ladrar, todo se detiene. Es un agujero en medio de la noche, momento ideal para que se materialicen los fantasmas. No termina de seguir el hilo de su pensamiento cuando suena el teléfono. Es una trampa, piensa, y lejos de sorprenderle parece intuir lo que significa. Al segundo timbrazo pasa el dedo por el auricular sin descolgar y dice en voz alta:
-Es ella, no puede ser alguien más. Pero si respondo será un amigo ebrio, malas noticias o alguien marcando el número equivocado. La única manera en que realmente sea ella al otro lado, es dejando pasar la llamada.
Espera.

Cuando el teléfono deja de sonar, enciende otro cigarro. Se levanta con la intención de servirse otro trago, pero abandona la copa en la mesa y camina hacia la ventana. Es mejor dar la noche por terminada. El ritmo de su sangre es lento y siente un nudo en la garganta. Por un momento todo es silencio hasta que abajo, en la avenida, un automóvil negro atraviesa la calle a toda velocidad; el ruido del motor reinstaura el orden. Respira profundo, con la frente pegada al cristal y piensa que quizá no es demasiado tarde, mañana puede regresar al trabajo e inventar alguna excusa para justificar su ausencia durante el día.
Se lleva el cigarro a los labios, aspira el humo, mira el cielo sin estrellas. Imagina la sonrisa que, mucho más allá de ésta página, se dibuja en el rostro de su lectora favorita.


Este es uno de mis cuentos favoritos porque es raro que alguien entienda su significado, supongo que se debe más a mi incapacidad como escritor que a la capacidad de interpretación de sus lectores, me parece un cuento fallido que sin embargo refleja muchas de mis obsesiones filosóficas, y me sigue gustando ahora que lo comparto con ustedes, fue originalmente publicado en la Antología de cuento Palabras Malditas en el 2007.

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