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Gatita

La recuerdo sentada sobre mi escritorio, vestía falda corta de mezclilla y una playera ajustada de tonos verdes estilo militar. Tengo una fotografía que muestra su cabellera alborotada y su enorme sonrisa aquel día en mi oficina. Es difícil encontrar a una mujer que pueda reír de esa manera tan sincera, como si mi compañía hubiera sido suficiente para hacerla tan feliz. Quizás eso era y hasta ahora puedo reconocerlo.

El día que nos conocimos vino a mi casa, no recuerdo el pretexto, y me regaló un par de CDs que ella había grabado y decorado para mí, uno se titulaba Ride my moon. No recuerdo cuántas veces nos vimos en aquella época, sólo imágenes que insisten en venirme a la memoria en noches como esta.

Una de ellas fue un viaje en trolebús después del concierto de Café Tacuba en el zócalo. Deslicé mi mano bajo sus pantalones para tocarla entre las piernas y me sorprendió lo fácil que me resultó la maniobra. Disfruté la expresión de su cara durante el viaje mientras la masturbaba entre tanta gente.

La primera vez que tuvimos sexo la recogí en una estación del metro. No consigo recordar por qué la llevé a un hotel en vez de traerla a casa. Lo que sí recuerdo es su cuerpo desnudo tendido en la cama, su cabeza colgaba de un extremo con todo y su salvaje cabellera. Yo sobre ella, y ella con sus piernas abiertas y las manos aferradas a las sábanas para no caer al piso. Ella gemía y yo me preguntaba si realmente era tan bueno en eso, mientras miraba sus costillas marcadas y pensaba, por Dios, sí que estás flaca.

No recuerdo cuántas veces hicimos en amor, nos frecuentamos durante un tiempo y después dejamos de vernos sin saber muy bien porque. Quizás fue aquella noche en Cuernavaca. Era una fiesta en un patio lleno de hippies que fumaban marihuana, la noche estaba helada y yo me sentía incomodo. Siempre he detestado a los hippies y los trovadores. Le pedí que nos fuéramos de ahí a un hotel. Pero ella estaba con sus amigos y creo que a esa hora ya no había ningún sitio a dónde ir, de modo que tomé una botella de vodka o aguardiente. Un par de horas después ya estaba borracho, harto y tiritando de frío cuando decidió que lo mejor era irnos. Me la cuidas, dijo alguno de sus amigos cuando salimos de la fiesta, yo sólo emití un gruñido. Al tipo no le hizo gracia y quiso reclamarme pero ella me tomo del brazo y comenzamos a andar por calles empinadas. Yo sólo quería una cama y creo que lo que hice fue quejarme de la noche, el frío, el hambre, los hippies, la trova, todo. Caminamos mucho pero no pasamos por ningún hotel. Seguimos caminando y el amanecer nos sorprendió en una avenida al lado de una barranca. El destino final de la larga caminata fue la terminal de autobuses. Ella me llevó hasta ahí y yo no dije nada. Compré un atole y mi boleto de regreso al D.F. Al subir al autobús el chofer me miró molesto y dijo: No me vayas a ensuciar el asiento.

No la vi en mucho tiempo aunque mantuvimos contacto. La última vez fue en Bellas Artes, hace poco más de un año. Había una presentación o un homenaje y yo mantenía una aburrida conversación con un escritor cuando nos miramos. Vino hacia mí gritando mi nombre, y para mi sorpresa saltó para abrazarme, literalmente. Qué difícil resulta aceptar la felicidad cuando se presenta.

 

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