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El final de la fiesta

Bailas despacio, sin compañía,
estás tu solo en medio de la pista.
Todas las caras parecen la misma,
sigues bebiendo hasta perder la vista…
Todo te resulta tan extraño
y a la vez familiar.

Linda Mirada / solo




Mi personalidad es insomne y obsesiva, lo que frecuentemente vuelve mi realidad insoportable. Después de días de mal dormir y semanas sumido en una aparente tranquilidad, llega el día inevitable en que es necesario rebajar la realidad con alcohol.

Alguna vez me preguntaron qué era lo que más disfrutaba de emborracharme y respondí: la cruda. Puede sonar estúpido o masoquista, sin embargo es verdad. Comprendo a mis amigos que cada vez beben menos y evitan prolongar la fiesta: es que le tengo miedo a la cruda, ya no las aguanto, dicen. Se cuidan, se miden. Tienen responsabilidades, mañana deben presentarse al trabajo o cumplir con algún compromiso social. A todos les espera un pequeño futuro al que no pueden llegar en malas condiciones. Yo sonrío y lo festejo con otro trago: mañana es sólo una palabra que siempre me ha hecho sentir incómodo y la única cita que tengo es conmigo.

La fiesta es el desmantelamiento de la realidad, una celebración del caos a base de alcohol y otras drogas, que crea un espacio de permisibilidad y desinhibición social e individual, y cuya última finalidad es el olvido de uno mismo. Estar en otro lugar. Antes, al final de las fiestas terminaba solo, borracho y deprimido. Es posible que así siga siendo, pero ahora tengo la ventaja del olvido y al día siguiente amanezco en mi cama sin recordar nada.

¿Qué tiene entonces de disfrutable, para mí, despertar en un estado tan lamentable como la cruda? Estoy vivo, es el primer pensamiento que me viene a la cabeza mientras escucho el ritmo acompasado de mi respiración. Mantengo los ojos cerrados y pasan las horas, olvido citas y compromisos, ignoro el timbre del teléfono e intento dormir nuevamente. ¿Qué sucedió anoche, hice o dije algo indebido? Me encuentro a la deriva, avergonzado y humilde, sobre esta cama que parece un naufragio. Qué más da lo que hice, la fiesta terminó y estoy vivo, es lo único que importa. Vivo otra vez, como un recién nacido expulsado a un mundo al que nunca quiso venir y la primera experiencia que tiene es precisamente esta enorme sensación de malestar.

Si emborracharse es el desmantelamiento de la realidad, la cruda es el proceso de reintegrarla, y es justo el estado ideal para reconciliarme con el mundo. Todo quedó atrás, mis obsesiones, dudas y estupideces se consumieron junto a miles de neuronas en el incendio cerebral. Ahora sólo quedan las ruinas, este cuerpo maltratado y adolorido cuyas entrañas reclaman un vaso de agua y silencio. Entonces la cruda se vuelve oración, el corazón tiene un ritmo triste y la piel suda, tengo nauseas, pero estoy vivo y en mi cuarto, no en la cárcel o el hospital. No estoy muerto, tampoco lastimado o manchado de sangre.

Puedo pasar el día entero en cama y olvidarme de todo por el tiempo que necesite para recuperarme, en el fondo, nada es tan importante. Escucho mi voz interna y dejo que los pensamientos, pocos pero lucidos, floten como fantasmas que me hablan al oído. Estoy más consciente que nunca de mi cuerpo maltratado pero funcional. Pienso que el final de la fiesta, como el orgasmo, son pequeños simulacros de muerte. Ensayos para el buen día en que la música deje de sonar definitivamente. Durante estas horas todo se reacomoda lentamente, las piezas encajan en una realidad nueva que tendré que afrontar mañana, cuando me sienta mejor.

Para una persona como yo, que por su naturaleza está condenada a la seriedad, al pensamiento lógico desproporcionado, el insomnio y el asco existencial, la cruda es también una droga necesaria para reacomodar el universo, o como me gusta decir, resetear el procesador y dejar que se enfríe, de otra manera, un exceso de realidad sostenido podría hacerme estallar conscientemente, y eso sí sería mortal.

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