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Flores

A veces me da la impresión de tener alma de jardinero. Me imagino que el primer pensamiento que me viene a la cabeza al abrir los ojos al amanecer son mis flores, aquellas que vengo cuidando desde hace tiempo.

Salgo al patio a beber un café y leo el periódico en su compañía. Me gustan las flores, pero sólo cuando pienso en ellas como mujeres. Descubro mi instinto paternal en ellas, especialmente con las más pequeñas. Me gustan sus colores, sus olores, y por supuesto, cuidarlas. Hay algo de perverso en esta doble posesión, en observarlas crecer e imaginar todas sus posibilidades. Imagino que el oficio de jardinero de flores debe ser difícil y angustiante: Guardián de lo efímero.

Mujeres y flores. La única meta auténtica de las flores es la de ser hermosas y polinizadas, perpetuar el ciclo y marchitarse. A veces, cuando pienso en eso, en mujeres-flores, jóvenes ingenuas vestidas de colores brillantes, me entristezco porque sé que llegará lo natural, y por tanto, irremediable. De vez en cuando elijo alguna y la capturo en fotografías: encapsulo en ámbar o acrílico su belleza, o guardo sus colores secos entre las páginas de un libro.

Al anochecer, cuando estoy solo en la cama, puedo escuchar sus voces entremezcladas. Un gemido emocionado, risas, y en ocasiones frases tristes como una despedida. Afuera llueve y ellas no están conmigo. Quizá también piensen en mí y me odien en silencio.

Lo más terrible es cuando se revelan, como flores delicadas que son, se revelan o intoxican con algún compuesto químico que vienen absorbiendo desde hace tiempo, un veneno, un rencor, o un miedo tan absurdo como real, o lo que sea que poco a poco las invade completamente. Mis mujeres enferman y se vuelven en mi contra –me culpan por no haberlas sabido cuidar, por mi torpeza o las palabras que nunca debí decir en su presencia-.

Me exigen algo que no entiendo con gritos silenciosos, me miran con el ceño fruncido y los ojos brillantes cargados de reproche. Un buen jardinero sabría qué hacer. Yo no. Yo no puedo tolerar esa mirada que parece exigirme que las arranque de la tierra, que las destruya entre mis manos. Prefiero alejarme. Aunque a veces es inevitable y pienso que todas las niñas inocentes desean ser arrancadas como flores.

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