PalMal39.jpg
Bukowski Viejo Sucio

HOT L

Había poca gente en el bar a pesar de ser fin de semana. Mi novia y yo estábamos en una mesa, bebíamos en silencio, no teníamos nada de qué hablar. Hacía un calor del demonio y el ventilador que colgaba en el techo resultaba inútil, las aspas sólo empujaban humo y aire caliente. Pedimos una ronda más de cerveza y tequila. Era necesario ahogar el hastío en alcohol. Las risas de los ebrios y el tintineo de los vasos rompían de vez en cuando el silencio. Mi novia miraba aburrida su cigarro arder en el cenicero.

Más tardaron en llegar las bebidas a la mesa que yo en terminarme mi tequila. Cerré los ojos y entonces todo se aceleró, como si la muerte hubiese entrado al local a buscarme, a darme un beso nauseabundo que vaciara el aire de mis pulmones. Duró sólo un instante, al abrir los ojos mi novia me miraba preocupada, le sonreí e intente tranquilizarme, quizá era sólo mi imaginación, pero había algo inquietante en el ambiente.

Se escuchó entonces una risa grave y cavernosa en una mesa del rincón. Un hombre ocultaba su cara detrás de una densa nube de humo y varias botellas de cerveza. Algo de familiar tenía aquella risa. Me puse de pie y fui hacia él.


-¿Bukowski? -pregunté.

-¿Hijo de puta? -dijo sin mirarme.


No había duda, era él. Un viejo demente de rostro hinchado y barba descuidada. Estaba ebrio, tarareaba una canción que de pronto cortaba para dejar salir su risa seca. Mi novia nos miraba curiosa al otro extremo del bar.


-Soy su admirador y...

-Cállate, pendejo.

-También soy escritor...

-¡Al demonio contigo! –dijo mirándome de arriba a abajo y bebió de su cerveza.


Mi novia no pudo resistir la tentación y se acercó. Lorena no era hermosa, pero poseía el atractivo de una mujer magullada por la vida. Cachonda, pienso yo. Dueña de un cuerpo moreno y bien torneado bajo su vestido corto. Usaba zapatos de tacón y medias negras, una pequeña rotura a mitad del muslo distraía las miradas. Sus tetas eran increíbles, duras y retadoras se apretaban bajo el escote. Una leve capa de sudor la hacía verse húmeda. Caliente, muy caliente. Bukowski notó su presencia al instante.


-¿Quién es ella? –preguntó mirándole las tetas.

-Es mi novia, Lorena.

-¿Y qué esperan?, siéntense.


Comenzamos a beber y conversar. Más que nada a beber. La noche transcurrió pesada y el calor no disminuyó. Bukowski nos contaba historias, algunas verosímiles, otras poco o nada creíbles. Mi novia parecía caer seducida a cada mortífero despliegue de su lengua ácida, sumergida en el limbo de sus fantasías aderezadas con tequila, humo y cerveza. Lorena apenas me miraba y yo abría la boca sólo para llevarme el vaso a los labios. Bukowski la abrazó y sus dedos parecían tener la intención de resbalar por su pecho húmedo. Entonces la invitó a beber a su departamento. Tú también puedes venir si quieres, dijo mirándome realmente por primera vez. Pagué la cuenta y nos fuimos.

Llegamos caminando. Nunca había estado ahí, no reconocí ninguna de las calles por las que pasamos, y yo que creía conocer bien el centro de la ciudad. Nos detuvimos frente a un hotel. Afuera había un enorme letrero de neón que iluminaba el callejón con sus cuatro letras. La E, estaba fundida. Tres putas recargadas en la pared miraron a Lorena de arriba a abajo. Entramos. Las paredes, que antes debieron ser de color verde, ahora parecían cicatrices, pedazos del edificio en descomposición. El aire llevaba olores entremezclados a desinfectante, sexo y orina. Las escaleras eran muy estrechas, de escalones altos. Parecía un mundo irreal, toda la porquería de la ciudad concentrada en un edificio de tres pisos. Bukowski vivía en el último. Nos invitó a pasar dándole una nalgada a Lorena.

El departamento estaba vacío excepto por un sinfín de latas y botellas tiradas en el piso, una mesita de centro con su cenicero rebosante de colillas de cigarros y una vieja máquina de escribir. Al fondo estaba la recámara. Una cama deshecha, una vieja radio encendida. Había papeles debajo de una botella vacía, cuentos o una novela, pensé. La ventana dejaba entrar intermitentemente destellos rojizos de neón y un molesto zumbido. Bukowski sacó de abajo de la cama una botella de whisky y unos vasos sucios, sirvió medio vaso a cada uno, sin nada de agua. Empujó a mi novia a la cama, él se acomodó junto a ella, yo me senté en una silla de plástico plegable en un rincón del cuarto, muy cerca de la ventana.

Cada vez más ebrios, los tres nos sentimos ansiosos, la noche se tornaba más abigarrada a cada minuto. Lorena no paraba de reír y Bukowski no dejaba de llenar su vaso. Lo escuchaba hablar, le contaba a Lorena sobre todas las putas con las que había estado en esa cama, de cómo logró que mujeres ricas y estrellas de cine se enamoraran de su verga y sus besos de borracho. Yo estaba tan ebrio que no me atreví a ponerme de pie. Él abrazó a mi novia de manera paternal y dijo:


-Nena, tú no eres más que una niña tonta perdida en un mundo de mierda. Tú no necesitas un novio, necesitas un padre. –Dijo y besó a Lorena en los labios.

Por un momento me pregunté cómo un tipo como él pudo convertirse en tan grande escritor. Miré a Lorena acariciar el cabello canoso del viejo mientras se besaban. Finalmente me armé de valor y dije:

-Quiero que me digas cómo lo lograste, ¡¿cual es el puto secreto?!

Ambos me miraron. Bukowski encendió un cigarro antes de responder.

-Muchacho, ¿has fornicado con la muerte sin pegarte un tiro en la cabeza después?

No respondí y él soltó una carcajada sádica sin dejar de mirarme.

-¿Y te dices escritor? Tú no tienes nada que contar.


Entonces, sin piedad alguna, se revolcó encima de mi novia. Se besaron una y otra vez hundiendo sus lenguas en un sabor que imaginé amargo. No me molestó, pensé que de algún modo me acababa de convertir en personaje de un cuento. Quizá después de esa noche finalmente tendría algo que contar. Los olores a desinfectante, sexo y orina se hicieron más intensos. Bukowski comenzó a desgarrarle el vestido a Lorena; la dejó únicamente con la tanga puesta. Había algo en el ambiente, algo además de los olores, una carga densa, parecida a la mierda.

Bukowski ya había deslizado su mano por debajo de la tanga de Lorena, enterró en ella un dedo, luego dos. Mi novia parecía muerta, paralizada y expectante; él colocó una de las manos de Lorena sobre su pantalón. Ella le sacó el miembro, pequeño y arrugado. Ambos se masturbaron cada vez más rápido. Lorena se mordía los labios y no paraba de gemir. El miembro de él y el mío, crecieron considerablemente. Bukowski tomó la botella de whisky, bebió un trago prolongado y regó lo que quedaba en el cuerpo de ella, mojándole la cara, las tetas y el vientre. Entonces él la tomó del cabello y la guió hacia su verga. Hubo un silencio frío, de no ser por el intermitente zumbido eléctrico. Mi novia apretaba los muslos con la mano de él en medio, se la comenzó a mamar.


-Hey, muchacho. –Dijó mirándome fijamente, ojos irritados y párpados caídos. Por un momento me pareció que se le dibujaba una sonrisa en su rostro. Una sonrisa llena de complicidad– No pienses... deslízate.


Entonces se vino acompañado de una carcajada profunda y seca. Fue un gran orgasmo. Bukowski se desvaneció y dejó en la cama a mi novia ahogándose en un mar de semen.

PalMal51.jpg

Lo más nuevo:

Eutanasia Recreativa

Conversación con Luis Alberto Ayala Blanco sobre el libro: La actualidad innombrable, de Roberto...

Read more

La tercera persona

Era como si alguien decidiera por él, como si esa mañana una presencia superior hubiera fijado...

Read more

El vinil como objeto

Conversación en torno al disco en vinil como objeto con Luis Alberto Ayala Blanco, esta platica...

Read more