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Crónica de una noche cualquiera

Muy por debajo de la superficie, en dónde las mujeres se mecen
sombras verdosas saludan un nuevo día.
Ahogado por el momento en una cama oceánica y vacía
no puedo levantar la cabeza.


The Church / Disappointment


Sábado, 10:00 pm. Mi oficina está peor que nunca, no tengo ganas ni de limpiar el cenicero. Se supone que debo quedarme a trabajar de madrugada hasta terminar el trabajo pendiente, pero no puedo. La atmósfera de esta habitación me ahoga, me da nauseas. Necesito salir a la calle.

11:00 pm. Voy manejando por Reforma. Me gustaría ir a algún bar desconocido pero recapacito, más vale malo conocido que bueno por conocer. De modo que me dirijo al bar de costumbre y estaciono el coche. El tipo que se gana la vida rentando las banquetas publicas a los automovilistas se acerca a mi. Le digo que le pago sus veinte pesos cuando salga del bar y le pregunto si conoce algún tabledance cercano. Me da señas de un sitio en donde el trago cuesta $90 y el privado $200. Me da por sonreír, suena tentador pero el estado de animo en que me encuentro está alejadísimo de la lujuria, además me parece poco probable lograr una erección esta noche. Lo que necesito es otra cosa.

Encuentro un lugar junto a la barra y el barman apenas me ve se acerca sonriendo.

-¿Cómo estás? –me pregunta

-Aquí, tristeando –respondo con una sonrisa.

-¿Qué te sirvo? Algo que no te haga daño.

Después de meditar un momento pido una cerveza clara, cosa que rara vez hago, pero prefiero empezar lento la noche. Y aquí estamos, mi cerveza y yo. A mi lado hay una pareja, ella tiene el cabello largo y rizado, él es moreno y usa lentes al estilo Esquivel, tan de moda actualmente. Él es quien habla y habla, le cuenta a su compañera algo sobre la nueva película de Michael Moore, sonríe, sube la voz, mueve las manos mientras habla y su compañera se limita sólo a mover la cabeza de vez en cuando.

11:50 pm. Me termino mi cerveza. El lugar comienza a llenarse y la noche está empezando. Me siento débil, me duele la cabeza, las sienes me punzan. Hace días que tengo un dolor intenso de estómago, quizá porque he comido poco, pero últimamente no me da hambre. La sensación de ahogo aumenta, tengo nauseas y siento que en cualquier momento voy a caer muerto. El barman se acerca, retira el envase vacío de cerveza y pregunta: ¿Te sirvo tu vodka de siempre? Sonrío y le respondo que sí. Carajo, este tipo bien podría ser mi mejor amigo.

Divago mientras le doy pequeños tragos a mi vodka tonic. Ya no sé si vine aquí a pensar o a olvidar. El vodka hace su magia y el malestar físico parece disolverse como los hielos en mi trago: lentamente.

La tristeza es buena para la inspiración, me digo al tiempo que miro a la gente y comienzo a escribir algún cuento mentalmente con los personajes de este lugar. Miro a la pareja que está a mi lado, él se levanta y va al baño, ella enciende un cigarro. Me le quedo mirando sin que ella se de cuenta, entonces le pregunto: ¿Es tu galán? Ella se vuelve a mirarme, le sorprende mi pregunta y después de un segundo sonríe y responde que no, son solamente amigos. Nos miramos. Me dan ganas de decirle que el tipo se esfuerza demasiado por gustarle, pero me quedo callado y un segundo después ella le da un trago a su cerveza y yo hago lo mismo con mi vodka. Me pasa por la cabeza la idea de robarle un beso a esta mujer mientras su amigo está en el baño. Por lo menos en mi cuento eso es lo que sucedería.

12:20 am. Las noches de bar están siempre llenas de accidentes del azar. Nunca se sabe realmente a qué se viene a un lugar así. ¿beber? ¿ligar? ¿olvidar? ¿divertirse? Lo cierto es que todos somos cómplices del juego del destino, siempre existe la posibilidad de que en una noche cualquiera de bar nuestra historia cambie radicalmente. A mi me sucedió hace ya casi diez años. Si aquella lejana noche hubiese decidido quedarme en casa mi vida sería totalmente diferente, nunca habría conocido a aquella chica del suéter rojo que bailaba con el corazón encendido. Ni tampoco me encontraría aquí esta noche con todo el peso de la nostalgia sobre los hombros, tampoco estaría haciendo filosofía de bar. Mi amigo me sirve otro trago.

12:50 am. Frente a mi hay un grupo de chicas, me he dado cuenta que una de ellas lleva rato observándome. Deben tener como veinte años y en general me parecen demasiado ñoñas. Estoy bebiendo cuando esa chica les comenta algo a sus acompañantes y se vuelven a mirarme sonrientes y curiosas. ¿Qué les habrá dicho? ¿Qué soy el típico borracho solitario del bar? Por la forma en que ríen me parece que acabo de convertirme en el protagonista de un chiste. Pienso eso cuando escucho un sonido parecido a los latidos de un corazón. You let me violate you, you let me desecrate you. Es la primera vez que escucho a Nine Inch Nails aquí. No puedo evitar sonreír al tiempo que golpeo la barra con la mano al ritmo de la música. Carajo, tenían que poner esa canción justo cuando mi cómplice ya no está conmigo. I want to fuck you like an animal, I want to feel you from the inside. Esta también es una broma del destino.

1:40 am. Llegó la hora de que las niñas buenas se vayan a casa. El bar está en su apogeo y los cuerpos se aprietan unos con otros. Voy con el tercer vodka de la noche y parece que el malestar físico ha desaparecido. Ahora lo único que duele está en la mente. Recuerdo aquella canción de los Esquizitos que al final dice: Adiós tristeza, hola botella de licor. Buena frase, pero nada más falso. La tristeza cambia de tonalidades a medida que el alcohol corre por las venas. En ocasiones dan ganas de gritar, otras siento que tengo atorado el corazón en la garganta, ahora siento como si flotara a la deriva en un mar tranquilo, llevado por las olas hacia ningún lugar, solo a mitad de la noche en un bar lleno de gente feliz y no hay nadie que pueda salvarme, al menos no aquí, no ahora.

Soy un fiel creyente del destino y en silencio pido una señal. La señal llega a manera de empujón a mi espalda. Alguien se abre paso hacia la barra y una mano me toma por la cintura. Me vuelvo a mirar quién es y me encuentro a una chica pequeña de cabello largo y alborotado. Muy guapa. Pide una cerveza y me mira tímidamente: perdón, dice. Me acerco un poco a ella y le respondo: No te preocupes, al contrario, me gustó. Ella sonríe y yo regreso a mi vodka. Siento su mano tocándome la cintura con más confianza, sus tetas pegadas a mi espalda. La mayoría de la gente no vería en esto nada fuera de lo común. Lo que yo encuentro es un pequeño milagro. Es lo más cercano que he tenido a un abrazo últimamente. Alguien ha notado mi presencia y me ha regalado un poco de contacto físico, es algo que hay que agradecer. Un momento después ella tiene su cerveza y se retira entre la multitud.

2:50 am. ¿Cuántos vodkas llevo? Termino mi trago y contemplo el vaso vacío. El barman se acerca y me pregunta si deseo otro. Estoy un poco ebrio y no quiero terminar mal. Pido esta vez agua mineral con hielo y me preparo mentalmente para escapar de ese lugar. En mi estado de animo actual la atmósfera del bar podría seducirme fácilmente. Beber más de la cuenta, intentar ligarme alguna chica, hacer el ridículo. Abusar de la noche. No, es suficiente por ahora que mi malestar ha disminuido y mi tristeza es ahora más bien una dulce y soportable melancolía.

A mi alrededor hay una fiesta. Gente que ríe y que baila. Grupos de amigos que conversan animadamente. Una pareja se besa al final de la barra. Juego bien mi papel de observador, de hombre invisible que lo único que comparte con los demás es esta noche de sábado.

3:30 am. La noche es fría, camino hacia el coche y siento el vodka en la sangre tranquilizando el corazón. Pienso que para mi los bares son como las iglesias. De algún modo he venido a confesarme, a hablar conmigo mismo y encontrar cierta paz que me permita, al menos por esta noche, dormir tranquilo.

Manejo con calma, a 60 kilómetros por hora estoy navegando por un mar de asfalto negro. Atravieso la ciudad. Enciendo un cigarro y la garganta se cierra otra vez, comienzo a llorar sin lagrimas mientras me armo de valor y busco una esperanza que me permita sobrevivir los días que están por venir.

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