La memoria es siempre una mentira

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La memoria es siempre una mentira contada en segunda persona. Solemos iniciar conversaciones con viejos amigos con un “te acuerdas cuándo…”, y entonces viene una avalancha de recuerdos, de situaciones olvidadas, rememoramos aquello que nos definió y nos puso en ese extraño lugar que es el ahora.

La amistad es algo que me he cuestionado últimamente. Tengo amigos, lo sé y muy queridos. Pero a la vez carezco de aquella amistad intelectual y entusiasta que suele retratarse en las biografías y las novelas. Biografías como la de Luis Buñuel, por ejemplo, en la que en algún capítulo confiesa que finalmente se ha dado por vencido en el amor y las pasiones y que a cierta edad, bastante madura y probablemente impotente, brinda por la amistad.
Supongo que eso no me sucede, entre otras cosas, porque no soy famoso ni lo suficientemente interesante.

La amistad más común suele funcionar como una memoria externa, un sitio en el que depositas parte de tu vida, una rebanada de historia registrada por otras miradas, y es a través de esa relación de amistad como puedes volver a esos recuerdos vistos de diferentes perspectivas. Una grabadora holográfica que se echa andar con la pregunta “te acuerdas cuando…”.

Tal vez por eso no suelo tener amistades largas y duraderas, no me gusta recordar, al menos de ese modo, el hombre que fui. Detestaría ser parte de un grupo de amigos frecuentes que habla siempre de las mismas cosas, que trae una y otra vez recuerdos que quisieras olvidar, que cuenta las mismas anécdotas, y pensar que ése soy yo y debo arrastrar toda la estupidez y malas decisiones de una vida pasada. Pecaré de vanidad y diré que no me hace justicia. Porque yo, como aquel personaje de David Lych, “Me gusta recordar las cosas a mi manera, no necesariamente como sucedieron”. Y es aquí donde me interesa regresar a la primera frase de este ensayo. El pasado siempre te lo va a contar alguien más, incluso cuando te lo cuentas a ti mismo. Esa voz interna que conversa con nosotros todo el tiempo, la misma que de pronto te puede llamar “imbécil” o “genio”, esa segunda persona que es el narrador de tu existencia: Estás escribiendo este ensayo porque de pronto tuviste una ocurrencia que publicaste en tuiter mientras escuchabas a The cure. Eres un imbécil enternecedor.  

Uno no conversa consigo mismo en primera persona, siempre lo hace con su otro yo a través de un desdoblamiento semejante a mirarse al espejo. Imagino a alguna chica que mira discretamente a alguien que le parece atractivo, de pronto el hombre se percata de su mirada y ella automáticamente mira hacia otra dirección al tiempo que se dice “Eres una idiota”.

Por algo la segunda persona es siempre un monólogo interno. Por eso a algunos nos cuesta tanto callar las voces en nuestra cabeza cuando somos incapaces de encontrar un estado equilibrado de calma. “¿Y si te equivocaste? ¿era esto lo que deseabas? ¿va a seguir todo de esta manera? ¿es demasiado tarde?”.

Es momento de concluir este ensayo con un segundo trago de whisky. Por mi naturaleza considero que soy una persona incapaz de vivir en el pasado o el futuro, no cargo con el lastre de una historia y tampoco tengo idea de a dónde me dirijo, la idea de tener metas en la vida siempre me pareció tan absurda como el hecho de la vida misma. Esta naturaleza me hace reflexionar en que esa es la razón por la que no tengo amigos duraderos, por lo tanto careceré, afortunadamente, de una memoria externa nítida; seré como quien pasó por la vida de otros en un instante y desapareció después. Eso sí, espero que haya sido un gran instante en la vida de otros. Por otro lado creo que hay muy poca gente que me conozca, que pueda llegar a decir que me conoció íntimamente. Dudo seriamente que alguien pueda decir que me conoció de niño, o que estuvimos juntos en la universidad. Nadie conoce las anécdotas de mi infancia y juventud.
Y si alguna vez me ha dado por hablar de mí, de confesarme, seguramente fue para todos y nadie, en soledad frente al micrófono, igual que tú lo haces cuando tienes insomnio. He construido una auto biografía falsa y fragmentada hacia el vacío, sin más registro que la memoria falible de los desconocidos, un registro frágil e inestable como mi propio cerebro. Una mentira que sin embargo es verdad.

Por alguna razón llamé Efímera a mi proyecto favorito.


 

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