Todos somos narcos

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Los vicios y las pasiones cruzan las paredes a su antojo

Kurt Vonnegut (según Guillermo Fadanelli)

 

Siempre he pensado que las leyes han sido creadas en un intento por contener la estupidez humana.  De modo que un estado que necesite crear más leyes corresponde a un exceso de estupidez por parte de los gobernados y gobernantes. Es cosa de sentido común.

Rüdiger Safranski en su libro El Mal, rescata este párrafo del capitulo séptimo de la Carta a los Romanos escrita por Pablo:

¿Es pecado la ley? ¡Lejos de nosotros! Pero no conociera el pecado si no fuera por la ley. Pues nada sabría yo de la concupiscencia si la ley no hubiese dicho: No seas concupiscente. Pero entonces el pecado tomó el mandato como causa y excitó en mí toda clase de apetitos; pues sin la ley el pecado estaba muerto.

Podemos pensar entonces que aquella frase de “las leyes se hicieron para romperse”, no es tan cínica ni equivocada, especialmente cuando lo que se prohíbe es el placer y la libertad individual.

Los políticos mexicanos, nuestros gobernantes, creen que pueden manejar y administrar un país en base a la promulgación de leyes y el monopolio de la violencia. Más equivocados no podrían estar, pues lo primero es pura burocracia y lo segundo hace mucho lo perdieron. De modo que en este caso el exceso de estupidez se carga más del lado de nuestros gobernantes. Los políticos mexicanos han enarbolado la bandera de la ignorancia y la estupidez por décadas, pero nunca antes habíamos sufrido tan directamente sus consecuencias como en el sexenio de Felipe Calderón.

Pero la estupidez es contagiosa. Hace tiempo hubo un debate entre intelectuales cuando la violencia parecía estar fuera de control (para algunos que finalmente pusieron atención a lo que sucedía a su alrededor). Lo que más me molestó entonces fue que hubiera algunos que satanizaron inmediatamente a los consumidores de drogas y los apuntaron como responsables directos y patrocinadores de la violencia. Tal fue el caso del artículo Qué chula mi narcocultura, escrito con una moralina pretenciosamente incendiaría por Heriberto Yépez. De pronto las drogas son el nuevo Satán y sus consumidores los pecadores que merecen ser castigados, pero lo más preocupante fue la cantidad de personas que realmente creen en esta idea. En algún comentario de Twitter leí “si yo supiera que detrás de lo que consumo hay sangre y muerte, dejaría de hacerlo inmediatamente”. Si quien escribe o piensa de este modo, lo dice en serio, entonces dejaría de consumir al instante gasolina, medicamentos, ropa, electrodomésticos, flamantes iPhones y dejaría de votar.

Afortunadamente Yépez obtuvo respuesta casi inmediata por alguien que sabe leer entre líneas la realidad, tanto la mediática como la cotidiana, quien habla del principal peligro que corremos los ciudadanos de este país, por supuesto, no son las drogas, sino el ataque a nuestra libertad individual: Contra la satanización de las drogas, escrito por Vivian Abenshushan.

 

Qué inevitable mi narcocultura

Deberíamos saber que detrás de cualquier conflicto social juegan elementos más allá de la violencia, la razón, la economía y la política. Ninguna guerra puede ser ganada sin conquistar culturalmente el enemigo. Así, los españoles construyeron templos sobre pirámides y así los gringos edifican MacDonalds y Starbucks sobre sus territorios. Quien pueda influir culturalmente a una nación habrá ganado la batalla a largo plazo, y esto lo supieron o al menos lo intuyeron los narcotraficantes mexicanos.

El poder del narcotráfico no podría explicarse sin elementos culturales como la Santa Muerte, Jesús Malverde o los narcocorridos. Hace poco subí a un pesero y para mi sorpresa en vez de reguetton el conductor escuchaba a todo volumen un narcocorrido que no he conseguido identificar pero dice más o menos así: Soy pieza fundamental de este rompecabezas, prefiero cortar cabezas antes que dejarme decapitar.

Pero nuestra narcocultura va más allá de las impresionantes ventas de playeras Polo piratas una vez que la Barbie sonríe cínicamente en televisión o de nuestras hermosas adolescentes que cantan y bailan deseando ser una plebita chacalosa. Nuestra narcocultura es producto de exportación. Mientras el gobierno federal sigue intentando prohibir la difusión de narcocorridos, cadenas de televisión gringas toman el tema de las drogas como lo que es, una realidad cotidiana y ganan millones con series como Weeds, en la que Demián Bichir hace el papel de un narcotraficante que, cosa curiosa, es a su vez político mexicano. Breaking Bad también tiene mucho que decir sobre los consumidores gringos y la violencia atávica de los cárteles mexicanos. Mientras que en Californication podemos ver a Hank Moody, un escritor, hacer la combinación ganadora de cocaína y sexo. ¿Cuándo llegará la realidad de lo cotidiano a televisa?

Pero también tenemos una cantidad de artistas visuales que han adoptado la narcocultura dentro de la pintura o la instalación. De músicos como Nortec o Super Sonido Changorama. Ni hablar de nuestros escritores como Yuri Herrera, Orfa Alarcón o Elmer Mendoza. Y es que ese es el papel de un creador, observar, analizar y tomar la realidad como materia prima para crear una obra de arte o un producto cultural. Esto incluye, por supuesto, a los compositores de narcocorridos.

Los creadores no deberían estar limitados por la moral, al contrario. No están para decirnos los que esta bien o mal, sino para indagar precisamente en esa bruma confusa de la condición humana.

El narco ha ganado culturalmente y el gobierno mexicano ha sido su mayor patrocinador a través de su estupidez y sus prohibiciones. Nuestros políticos no saben nada de cultura ni filosofía, no son pensadores, y como personas básicas prefieren tapar el sol con un dedo y castigar a sus ciudadanos cuando se ven impotentes ante los auténticos criminales.

 

La peligrosa estupidez de nuestros gobernantes

La Comisión de Justicia de la Cámara de Diputados discutirá el dictamen que sanciona hasta con cuatro años y seis meses de cárcel a quién por medio de mantas, videos en internet, espectaculares o cualquier tipo de mensaje por medio de radio y televisión haga una apología del delito y de la violencia. El Universal.

¿Qué entiende el gobierno por apología de la violencia y quienes serán los encargados en decidir quién es culpable? Este es el auténtico enemigo, no las drogas, sino la imbecilidad de quienes promulgan leyes a lo pendejo contra sus ciudadanos. Ahora todos somos criminales potenciales, todos somos narcos. Sin importar si somos consumidores o no podemos sufrir consecuencias legales por escribir o manifestarnos.

Hace tiempo comenzaron a revisarle las mochilas a los estudiantes de primaria y secundaria en busca de drogas en las escuelas, el gobierno de Veracruz levantó a dos twitteros en calidad de terroristas por haber escrito advertencias en ese medio electrónico (ya liberados, afortunadamente), y hace apenas unas horas agentes de la PFP levantaron al twittero @mareoflores por un mensaje que aludía a secretarios públicos cayendo del cielo.

No sorprende que el consumo de drogas ilegales haya aumentado mientras que los consumidores de drogas legales somos castigados con impuestos de hasta un 60% en alcohol y tabaco. Eventualmente lo ilegal resulta más barato, cuestión de números. Tampoco es un misterio que en un país carente de oportunidades los adolescentes sueñen con vivir rápido y morir jóvenes como sicarios o haya chicas que ahorran para comprarse implantes de tetas para convertirse en amantes de un narco de medio pelo.

Esta es la realidad. Y quizá si me he comprado botas vaqueras de piel de serpiente y en los últimos dos años he consumido más drogas ilegales que en toda mi adolescencia se debe en parte a una rebeldía contra este gobierno que pretende culpabilizarme, a estas ganas de ejercer mi libertad individual, a un reto contra aquellos moralinos que sólo distinguen la existencia humana entre lo blanco y lo negro.

Finalmente, Rüdiger Safranski dice que el mal pertenece al drama de la libertad humana, es el precio de la libertad. El mal como consecuencia del ejercercicio de la libertad individual, es verdad. Pero también el mal nace, socialmente hablando, de la estupidez humana. Nuestro mal es la suma de las estupideces que durante décadas se han venido gestando en nuestra sociedad. Mismas que hemos tolerado.

He aquí sus consecuencias.

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