El peor de todos

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 The further we go, and older we grow,
the more we know, the less we show...
The Cure, primary

Me pregunto cómo tuve valor de sonreír a la cámara aquel día. Debía tener seis años y aparezco en el retrato con los incisivos frontales recién perdidos, despeinado y con el pelo mal cortado. El retrato estuvo colgado en la sala familiar durante toda mi infancia, y no fue hasta mucho después cuando yo mismo lo guardé en una caja y me olvidé de su existencia. La verdad es que mirarlo me provocaba vergüenza.

El día anterior al que tomaron la fotografía un compañero me pegó su chicle en la frente. Aquella noche mi madre se molestó conmigo como si hubiese sido yo el culpable de la travesura, y aunque intentó quitarlo frotando un hielo contra el pelo fue inútil, al final tuvo que darle un tijerazo al mechón. Además, mi cabello siempre ha sido rebelde, tengo un gallo que mi madre jamás pudo aplacar por más gel que me untara en la cabeza.

El olvido es siempre un mecanismo de defensa, por eso poca gente recuerda su infancia. Yo, por el contrario, tengo muy presentes los recuerdos dolorosos de toda la vida, nunca intenté negarlos y condenarlos al subconsciente como la mayoría de la gente. Descubrí que las experiencias dolorosas al ser revisitadas otorgan un extraño poder. La mayoría de la gente lo convierte en traumas, autocompasión y resentimiento, fuerzas que los consumen sin enterarse, y pagan mucho dinero para descubrirlos y rehabilitarse en terapias que duran años. En mi caso me otorgó la furia, y el adolescente en el que me convertí supo aprovecharla muy bien. Durante muchos años fui víctima del bullying por mi naturaleza infantil. Me recuerdo como un niño que prefería los juegos solitarios, dormía demasiado y era muy distraído, como si desde siempre le hubiese concedido más importancia a mi mundo imaginativo que a la realidad. Es decir, siempre fui un raro, y como sabemos la gente siempre odiará lo que es diferente. Pero en la adolescencia descubrí la malicia, que junto a aquella furia, hicieron de mí un victimario muy superior de quienes me habían abusado. Me convertí en un pequeño bravucón sabelotodo que sabía como humillar a los otros y que no necesitaba de la fuerza bruta, tan sólo debía saber dos cosas: conocer al otro y el lenguaje apropiado para revelar la verdad de su naturaleza.

Y todo marchaba muy bien, hasta que conocí a las mujeres.

Sinceramente creo que muchas mujeres ignoran su propia naturaleza y eso las hace tan atractivas como peligrosas para el hombre, y eventualmente también para ellas mismas. Conocí el fracaso en el momento en que intenté comunicarme con ellas. Una y otra y otra y otra vez. Fracasé con todas, y aún más con aquellas quienes me amaron. El bullying regresaba a mi vida de muchas maneras, de las más sutiles a las más groseras, de las más cariñosas a las más humillantes.

Con los años mi furia se volvió más inestable y explosiva, además ya hacía tiempo que bebía y me resultaba cada vez más difícil dominar mis emociones. Y ahora, muchos años después me causa tanta gracia esa frase. ¿Acaso no todo mundo está desesperado por dominar sus propias emociones? Hace falta muy poco esfuerzo para reconocer como todos intentan pasar por buenas personas, honestas, inteligentes y encantadoras. No se permiten perder el control, son moderadas y carismáticas en las reuniones sociales, compran libros o cualquier otro producto que les ayude a ser mejores. Ser mejor es sólo ser mejor fingiendo.

Pero en aquel entonces me encontraba más confundido, y el universo femenino era indescifrable. Hay un juicio que la mayoría de las mujeres que me quisieron me impusieron y que hasta hace poco me torturaba. Consistía en enumerar una serie de virtudes, por ejemplo, decían que era sensible, inteligente, admirable, etcétera, y siempre remataban con un aunque te empeñes en aparentar lo contrario.

Prácticamente todas las mujeres con quienes he tenido una relación amorosa han dicho algo parecido. ¿Era una manera sutil de decirme que mentía? ¿Qué pretendía ser fuerte cuando era débil? ¿O tal vez que pretendía ser alguien diferente al hombre real con quien compartieron la cama? Seguramente era una manera de decir que a pesar de todo lo bueno que tenía, las decepcionaba. Porque para decir que alguien se empeña en aparentar lo contrario, conociéndolo, es porque lo hace para un tercero. Un público, claro. La cuestión auténtica radica en, ¿el público de quién?

He perdido muchas mujeres en mi vida, pero mi furia se mantiene leal. Ahora comprendo que aquel reproche que me hicieron las mujeres que me quisieron tenía más que ver con ellas que conmigo. Ellas han necesitado tanto de la apariencia como yo de la sinceridad, porque si somos honestos sabremos que nadie tolera la sinceridad. Me resulta imposible ser indulgente con el imbécil o humilde con el ignorante prepotente. Es la razón por la que nunca me adapté al universo social, por el que he perdido amigos entrañables por no tolerar su maravillosa hipocresía, o por la que no tolero cualquier trabajo que no tenga un sentido superior a sólo ganar dinero.

Hace ya muchos años me reconcilié con mi retrato infantil. Jamás dejé que las chicas que quise lo mirarán, pero ya no era por vergüenza, sino por orgullo. Ellas verían a un niño tierno, inocente, pero serían incapaces de comprender que mi furia ya estaba ahí. Está el borracho adolescente y el amante fracasado, el hombre que soy ahora y todas las humillaciones que sufrí. Está el pelo mal cortado y el coraje de mi madre por no tener un hijo perfecto. Está el sueño, la impotencia, las noches de insomnio, la vergüenza que sintieron por estar conmigo, las borracheras y la incomprensión. Pero también la fuerza. Y aunque aún ahora me resulta difícil sonreír en las fotografías, mientras escribo estas líneas los dos nos reconocemos, y juntos reímos de todo lo que nos ha sucedido, especialmente de nuestra propia desgracia.

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