Decadencia

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 Bebemos porque Dios no existe

Marguerite Duras

A mediados de septiembre del año pasado murió mi vecino. Lo confirmé semanas después pero ya intuía una ruptura en la cotidianidad: Dejamos de coincidir en la vinatería de la esquina y repentinamente se hizo un silencio inusual por las madrugadas, dejé de escuchar las mismas canciones acompañadas casi siempre de insultos y gritos desesperados de su mujer.

Es este muro, frente al que escribo, el que sirvió de frontera por las noches a dos borrachos territoriales que se odiaron durante décadas. El Toto ha sido la única persona que literalmente me ha partido la madre. Ocurrió una noche de finales de los noventas en la que llegué completamente ebrio a casa, empezó una discusión y al día siguiente desperté con la cara rota e hinchada, con un agujero en el labio superior por el que asomaba mi colmillo izquierdo.

Aquella madriza dio sentido y dirección a un odio que ya sentía por casi todo y se convirtió en obsesión. Empecé a tener fantasías negras en las que planeaba su asesinato: saltarme la barda durante la noche y cortarle el cuello mientras dormía, sabotear su instalación de gas y provocar un incendio, envenenar alguna de sus botellas, pegarle un tiro en la sien con su propia pistola y simular un suicidio.

Por supuesto, una agresión tan violenta tuvo su origen. Cuando me mudé a esta casa debía tener unos 17 años y a partir de entonces inició una larga pugna vecinal. Cualquier pretexto era motivo de discusión, especialmente cuando se trataba de respetar el espacio para estacionar nuestros automóviles. Y ninguno de los dos lo respetaba. Así empezó una larga lista de chingaderas de mi parte: poncharle las llantas, dejar mi basura en su jardinera, orinar sus plantas. En aquel entonces me encantaba regar el jardín porque sabía que su muro estaba mal construido y gocé con inundar su sala a propósito numerosas veces.

Ahora debo tener más o menos la misma edad que él tenía la noche en que me partió la cara. Yo en aquel tiempo estaba en la universidad y me poseía una furia irracional que aún hoy intento evaporar en alcohol. Esta historia que escribo no se trata sólo de un recuerdo o sobre las cosas que odiamos del otro, sino también de lo que nos unió, y en este caso mi vecino y yo fuimos testigos de la historia de nuestro alcoholismo.

Había otra competencia entre nosotros y consistía en poner música a todo volumen durante las madrugadas cuando bebíamos. De este lado rock, de aquel boleros. Del otro lado del muro sonó con mayor frecuencia la música romántica que ha acompañado a generaciones de borrachos que solía detestar: José Alfredo, José José, Juan Gabriel. Canciones que contrarrestaba subiendo el volumen a The Cure, Ministry, Nick Cave. Eran ganas de joder, por supuesto, pero también y probablemente de manera inconsciente de afirmarse y gritarle a un hipotético testigo: existo.

Ahora, cuando miro desde mi ventana en las noches, he notado a otro vecino dirigirse a la vinatería a comprar caguamas, es un chico joven con pinta de universitario hippie. Me da por sonreír al pensar en lo que nos impulsa a salir a comprar alcohol a las tres de la mañana para regresar y beberlo en la soledad de nuestras habitaciones. Siempre habrá miembros en esta cofradía de alcohólicos de buró, quienes bebemos en soledad mientras escuchamos música e intentamos apagar un incendio personal con ron, whisky o mezcal. No importa el ritmo o la bebida, lo cierto es que existe un fuego que arde en nosotros y al que bautizamos como insomnio, tristeza o soledad. Esta el ebrio que canta emocionado y el que rumia su mala suerte. El que solloza por desamor y el que contiene una noche más el odio hacia sí mismo. Los peores siempre serán los que justifiquen su alcoholismo con la búsqueda de inspiración para un proceso creativo: pintar, escribir maravillosos versos o hacer ridículos programas de radio.

Mi vecino fue un ser depreciable para todo el mundo. Corrió a sus hijos y su mujer y años después trajo a vivir a una rubia atractiva de unos treinta y tantos años que en menos de una década terminó destruida, envejecida por el alcohol y los gritos enloquecidos de odio que la consumieron durante su ebriedad. Hacía fiestas con tipos tan elegantes que siempre terminaban en llanto o amenazas a media calle, con disparos al cielo o ebrios durmiendo sobre su propio vómito frente a su casa.  

Hay una canción en particular que escuché cientos de veces a través de este muro en las madrugadas. Creo que es una de las canciones más tristes, y que sirve de metáfora al sentimiento de la mayoría de los alcohólicos. Es el himno de múltiples generaciones de perdedores rebeldes porque jamás aceptarán su propia ruina, porque creen ciegamente en que siempre habrá otra noche y otra botella y una pequeña y tonta esperanza que pueda salvarlos de sí mismos, ilusión a la que se aferrarán con toda su fe. Escucharemos el gemido ebrio de quien jura que esta puede ser su gran noche y descubrirá el misterio, olvidará la tristeza, el mal y las penas del mundo a la luz de la luna. La noche es la peor promesa para los borrachos, se abre siempre ante nosotros como la amante más dócil para traicionarnos al despertar. Puede ser de aquel lado Raphael o de este Nacho Vegas. Lo cierto es que no existe misterio alguno, no hay magia ni comunión. Las noches de juventud no regresarán, tampoco aquel viejo amor. Simularemos nuestra noche ideal una y otra vez e invocaremos los fantasmas del triunfo y la felicidad, fingiremos estar vivos cuando en realidad nos estamos consumiendo. En la noche solitaria y alcohólica sólo hay angustia.

Las últimas veces que vi a mi vecino noté algo diferente en él. Un gesto torpe, un caminar más lento. Incluso hasta en su orgullosa ebriedad me llegó a saludar como si fuera un amigo. Pero había algo que he notado ya otras veces y es la mirada, en ella se puede saber que parte de esa persona ya no esta aquí, como si el alma hubiera iniciado una lenta mudanza hacia otro lugar y dejase el cuerpo un rato más a medio vivir. El cabrón ya había dejado de pavonearse por la calle como el dueño mediocre de un mundo corrupto y brabucón.

Hoy tengo 42 años y estoy consciente que me he bebido buena parte de mi vida. Sé que este es el capítulo que inicia mi decadencia. Sé también que me quedan aún algunas batallas que pelear contra mí mismo, mas no contra el alcohol. No dejaré de beber porque sé que lo que muchas veces llamamos enfermedad no es más que un síntoma del verdadero mal que esta en algún lugar oculto en nosotros mismos. Tampoco me interesa ser un autómata funcional en un mundo mediocre que esta aún más enfermo que yo. Intento, eso sí, modular el daño a otros lo menos posible durante este trayecto. No seré yo quien este dispuesto a perpetuar en otros este virus de angustia.

Esta es una noche tranquila aunque ahora mismo haya un ejército de millones de bebedores silenciosos intentando no volverse locos, esforzándose demasiado como equilibristas entre el mundo real y el personal. Llevo ya varios whiskies y me siento casi inmaculado, sin embargo escucharé antes de dormir y a todo volumen, aquella maldita canción de Raphael, que sirva de digno epitafio a mi enemigo, cuya muerte resultó ser más un alivio que una pena para todos. Cerraré los ojos mientras suena la canción, consciente de que soy un borracho cada vez menos soberbio y más avergonzado, y como un personaje de Joseph Roth, llevaré acabo la única oración posible para todos nosotros, borrachos del mundo, de quienes sólo quedará un montón de ruinas sobre las que otros edificarán, espero, un futuro mejor.

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