Tengo una hija

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Los sueños siempre han tenído una importancia fundamental en mi vida, no sólo los considero señales o puertas hacía otra realidad, sino una de las experiencias que justifican la existencia y la cargan de significados que van más allá del psicoanalisis. Hoy desperté con uno de los mejores sueños que he tenido.

Su madre era una joven escritora, poeta quizá, que conocí en la playa. Sólo recuerdo de ella su belleza tendida en una cama de sábanas blancas y su vientre hinchado diciendo algo como: Considero una mezquindad el aborto, es por eso que la voy a tener, pero quiero decirte que no me voy a encargar de ella. Yo ni siquiera recordaba haberle hecho el amor a esa mujer, pero acepté.

Lo siguiente, es mi hija y yo viviendo en un departamento austero de una sola habitación. No soy bueno para calcular edades, pero debe ir en preprimaria porque podemos conversar y no recuerdo haberle cambiado pañales jamás, es hermosa, afortunadamente se parece a su madre. Salimos a caminar y tenemos largas conversaciones en el parque mientras yo fumo cigarros. Ella es adicta a la leche, misma que le sirvo en caballitos tequileros y me causa gracia ver la manera en que la bebe. Nos entendemos bastante bien.

En alguna ocasión me pregunta por su madre y recuerdo quedarme callado meditando la respuesta. Contarle una mentira lo considero totalmente inadecuado, decirle que fue rechazada también, de modo que le explico que su madre es una mujer bellísima que consideró que su hija sería más feliz conmigo y que quizá algún día, cuando se de cuenta que sus ambiciones literarias eran absurdas y desmedidas, la quiera conocer. Pero que por lo pronto no tiene de qué preocuparse. Ella se recuesta sobre mi pecho hasta quedarse dormida.

Finalmente estamos en una reunion familiar. Ambos nos sentimos incomodos, como bichos raros en medio de una celebración que no comprendemos. Debe haber otro niño dormido en una habitación, y dentro de esa habitación hay un libro que mi hija quiere leer. Le digo que está bien, que puede ir a buscarlo. Mi hija entra a ese cuarto cerrado y poco después se escucha un desastre, un niño llora, al parecer un bebé. Una mujer malhumorada comienza a regañarla por despertar al niño y todos la miran con malos ojos. Yo me enfurezco y voy por mi hija, la tomo de la mano, esta asustada y me dice que no pudo encontrar el libro. Recuerdo que le acaricio el cabello mientras miro a los demás y los amenazo: Pueden joderme tanto como quieran, pero si se meten con mi hija, juro que los voy a hacer pedazos sin importar género o edad.

Nos marchamos de ahí, abro una puerta y detrás hay una zanja enorme, una herida abismal que parece abrirse hasta lo más profundo de la tierra. No siento miedo, apenas indiferencia. Cierro la puerta y después encontramos la salida bajando unas largas escaleras que van a dar a la calle. Mi hija esta triste, por el libro y el enojo de los demás, siente que todo es culpa suya y yo le sonrío, mientras caminamos encuentro una pastelería. Entramos, voy a comprarle sus galletas favoritas.

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