Viejo, borracho y depresivo

TXT

-Conozco a alguien que se moriría de envidia si viera esta foto.

-¿En serio? A mí no me cae bien Sabina, es un viejito borracho y depresivo. -respondió ella.

Mi amiga conoció a Joaquín Sabina en un viaje a España, durante el festival Semana Negra de Gijón. Aquella noche quedó rendida ante José Emilio Pacheco, y durante la cena compartió mesa con Sabina. Ella estaba cansada y cometió el grave error de bostezar cuando el cantautor contaba alguna anécdota.

Al poco rato me fui a dormir pensando en lo que me había contado mi amiga, especialmente el momento en que ya en la calle se tomó la foto a su lado, cuando él la tomó de la cadera y con aliento alcohólico le recriminó al oído: Antes, en mí mesa, ninguna chica se quedaba dormida. Es síntoma de que me estoy haciendo viejo y feo.

Recordé a M y su gusto, entusiasmo y lealtad por Joaquín Sabina y Corcobado, me pregunté cómo era posible que admirara tanto a un par de artistas que contradicen totalmente su propia naturaleza. Borrachos/Fatalistas... ¿no fue ésa la misma razón por la que me dejó? Quizá sea que esta clase de hombres están condenados al amor platónico de sus fans, al amor desesperado, profundo... pero de lejitos. También recordé lo que alguna vez me dijo La Princesita: "Yo sería tan feliz amándote aunque tu no me amaras". Me dormí antes de ponerme de mal humor con tanto melodrama.

Desperté de madrugada en una calle solitaria de Madrid, las luces tenían ese aire enrarecido de los sueños o las películas de misterio. Al cruzar una calle me topé de frente con Joaquín Sabina, se detuvo en seco sorprendido de verme, sin decidirse si echar a correr o quedarse a conversar. Tenía la mirada triste, asustada, paranoica. Le sonreí para tranquilizarlo, el pobre se veía realmente mal.

-Qué tal Joaquín, ¿cómo estás?

No respondió, sólo se encogió de hombros como un niño regañado, supongo que se sentía incomodo de encontrarse con un extraño a mitad de su sueño o delirium tremens, y era comprensible, siempre es de mal gusto llegar sin avisar. Estuve a punto de largarme, pero el cantante podría interpretarlo como indiferencia de mi parte, y la indiferencia es lo único que realmente jode a los artistas. Después de todo si ya tengo mala reputación en la vida real, no quisiera tenerla también en un universo alterno.

-¿Qué pasa? Te noto triste -dije intentando sonar amable y comprensivo.

-Es que todo es una mierda -respondió finalmente con voz que provocaba pena, casi un balbuceo. Hizo una pausa mientras me miraba con los ojos muy abiertos y sin parpadear, añadió- Mi vida... mi vida es una puta mierda.

Yo también me le quede mirando con los ojos muy abiertos sin decir nada.

-Mis canciones... son una mierda, la verdad es que no me gustan –añadió poco después de parpadear.

Finalmente pude sonreír al tiempo que movía enérgicamente la cabeza de arriba a abajo. Me pareció que había entendido el punto y le dije:

-Tienes razón, la verdad a mi tampoco me gustan tus canciones... mucho menos tu música.

Nos callamos otro rato, pensativos.

-De todo lo que he escrito sólo me han gustado dos, tres a lo mucho -dijo-, lo demás es una mierda.

-Pues tienes razón, Joaquín. La verdad a mi también sólo me gustan un par de tus canciones, y eso sólo porque una exnovia me dedicó la de whisky sin soda.

-Es de las más populares -dijo tambaleándose.

-Sí.

Otro rato de silencio. Pensé en ésa canción: Nunca le hago ascos a la última copa ni al próximo bar, vendí por amores y no por dinero mi alma a Belcebú. Al mirar a este borracho depresivo me di cuenta que ya le había llegado la hora de pagar la cuenta al mismísimo patrón.

-Bueno, tu vida entera tiene sentido sólo por ése par de canciones buenas que escribiste -dije con sinceridad-. La vida no da para tanto... un par de genialidades son suficientes.

Otra vez el silencio, aunque éste era buen momento para sonreír ninguno lo hizo. Nos miramos cómo intentando reconocer algo en el rostro del otro, una señal de complicidad, de fatalidad o esperanza quizá. De pronto un letrero de neón se iluminó en la esquina de la calle, los dos giramos la cabeza hacia el destello azulado al mismo tiempo: Bar Open.

Supongo que los dos tragamos saliva y meditamos las posibilidades. Ahí estaba un bar abierto para nosotros, el último bar del mundo con su letrero luminoso atrayéndonos como insectos, estábamos a un par de tragos de la felicidad, el entusiasmo, la amistad, el rejuvenecimiento, la fama, la fortuna, las chicas, el amor, el sexo, la poesía, ¡el arte!

Pero en vez de animarnos nos volvimos a mirar más serios y deprimidos. Todo estaba claro, no había más que decir.

-Bueno. -dijo él finalmente y yo asentí por respuesta.

Ni siquiera nos dimos la mano. Joaquín Sabina comenzó a andar hacia el lado contrario del bar, se perdió en la noche fantasmagórica de Madrid. Yo metí las manos en los bolsillos del pantalón y camine en la dirección contraria, nos alejamos con el zumbido desquiciante del letrero de neón de fondo. Al dar la vuelta en la esquina aceleré el paso, tenía prisa de despertar para mirarme al espejo, acariciarme la barba y averiguar si también me estoy haciendo viejo y feo.

(1 Vote)
Read 1681 times
Tagged under :